sábado, 28 de noviembre de 2009

SENTIRSE DIFERENTE

Ayer me conmovieron las lagrimas de una madre. Me contaba que su hijo, el más cariñoso, el más tierno, el más especial, le pedía respuestas; respuestas que ella no tenía, al menos no las que él necesitaba escuchar. Su amor de madre, su impotencia por no poder evitar su sufrimiento no le permitían ofrecerle respuestas; no sabía que decirle. ¿Por qué no puedo ser igual que mis hermanos? ¿ Por qué no tengo novia igual que ellos? ¿ Por qué soy diferente? ... Por qué mamá?...

Ella le acurrucaba contra su pecho como cuando era pequeño, le acariciaba el pelo, y así se dormía entra sus brazos.

¿Cómo podía justificar, me contaba, los portazos de su marido cuando Pedro estaba en casa?. Se iba, no quería coincidir con el nada más que lo imprescindible. Eso era lo que más le afectaba a Pedro: ser un motivo de continuas discusiones entre sus padres. Sus hermanos mayores pasaban del tema, sólo iban a casa de visita, ya se habían independizado y vivían su vida. Allá el, decían..., que se busque un novio.

Ana no quería ver sufrir a Pedro. Lo que más le dolía era la actitud de su marido, que no entendía ni quería entender la situación de su hijo... Nisiquiera a ella le permitía besarle ni manifestarle cuanto le quería, tenía que hacerlo cuando el no estaba.

¿Donde estaba mi amiga Ana? Habiamos compartido tantas cosas... pero ahora veía a una mujer,a una madre que lloraba contandome cuanto sufría por su hijo.

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