sábado, 30 de julio de 2011

LA NOCHE DE LOS FEOS Mario Benedetti


Es un cuento del libro de Mario Benedetti "El Césped y otros relatos", es un poco largo, pero os aseguro que os encantará.



Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.

Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.

Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos -de la mano o del brazo- tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.

Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.

Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.

Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.

La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.

La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.

Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.

"¿Qué está pensando?", pregunté.

Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.

"Un lugar común", dijo. "Tal para cual".

Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.

"Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?"

"Sí", dijo, todavía mirándome.

"Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida."

"Sí."

Por primera vez no pudo sostener mi mirada.

"Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo."

"¿Algo cómo qué?"

"Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad."

Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.

"Prométame no tomarme como un chiflado."

"Prometo."

"La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?"

"No."

"¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?"

Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.

"Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca."

Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.

"Vamos", dijo.


No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.

Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron.

En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.

Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.

Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.

Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.

martes, 26 de julio de 2011

miércoles, 20 de julio de 2011

CAJITAS DE COLORES La vida viene a Cuento


Cuando siento un nudo en el estómago me tumbo en el suelo y abro mis cajitas de colores.


Abro la caja roja y dejo que salten al suelo todas las emociones que guardo allí: ira, enojo, furia, cólera, irritación, flustración, miedo , impotencia, rabia, asco, vergüenza...

Abro mi caja negra y de ella salen, apagadas, la soledad, la tristeza, la desesperanza, el abandono, la pena, la angustia, la pesadumbre...

Abro mi caja verde y me encuentro, florecientes, la esperanza, la fe, la ilusión, la curiosidad, el consuelo, la confianza, la compasión...

Abro mi caja amarilla y surgen palabras brillantes como el sol: amistad, amor, ternura, alegría, felicidad...

Abro la caja azul , sin ruido, se despliegan la humildad, la gratitud, la serenidad, la calma, la paz...

Juego con ellas, dejo que se mezclen, las agrupo, las ordeno, las miro y las remiro.Luego decido con cuáles me quiero quedar.

Hoy he escogido tres palabras: verde- confianza, amarillo- amor y azul - calma. Las demás las he devuelto a sus cajitas. Por cierto ...el nudo ya no está.

sábado, 16 de julio de 2011

CUESTIÓN DE PRECIO

El abuelo de un amigo llegó a Estados Unidos procedente de Europa y, después de tramitar su residencia en la isla de Illis, se dirigió a una cafeteria de la ciudad de Nueva York con la intención de comer algo. Se sentó en una mesa vacia y esperó que alguien llegara a tomarle el pedido. Por supuesto, nadie llegó.


Finalmente,un individuo que llevaba una bandeja llena de comida se sentó frente a él y le explicó cómo funcionaban las cosas:


Comience por aquel lado, le dijo, y continue en la fila tomando aquello que desea. Cuando llegue al otro extremo, le dirán cuanto tiene que pagar.


Este fue el comentario del abuelo de mi amigo:


Pronto aprendí cómo funcionaban las cosas. La vida es como una cafetería. Puedes tomar lo que desees siempre y cuando estés dispuesto a pagar el precio... incluso puedes obtener el éxito.


Pero jamás lo obtendrás si esperas que alguien te lo traiga. Tienes que levantarte e ir a por el.

QUIÉN SOY?

Soy más destructivo que el proyectil chirriante de un cañón.



Gano batallas sin matar a nadie.



Me desplazo en las alas del viento.




Destruyo hogares, parto corazones y arruino vidas.



No hay inocencia suficientemente tenaz para intimidarme, ni pureza suficientemente pura para amedrantarme.



No le tengo consideración a la verdad, respeto a la justicia ni misericordia a los indefensos.



Mis víctimas son tan numerosas, y a menudo tan puras como la arena del mar.



Nunca olvido; raras veces perdono.



SOY EL RUMOR



Del libro "La vida viene a cuento"

sábado, 9 de julio de 2011

MIEDOS (La vida viene a cuento)

Laura arrastra consigo, desde hace muchos años, una gran bolsa llena de miedos. A veces, durante la noche, cuando no puede dormir, todos sus miedos salen de la gran bolsa, se hinchan, crecen y llenan su mente.

Hay miedos absurdos que la angustian profundamente. El miedo a que los demás oigan los pensamientos que fabrica. El miedo a que no se vuelva a hacer de día. El miedo a que una de sus arrugas divida su cara. El miedo a que su llave deje de abrir la puerta de su casa...

El miedo a que se pueda traicionar y decir todo aquello a lo que tiene miedo y la tomen por loca... Y el miedo a no poder decir nada, porque todo lo siente frágil e inestable. Laura teme que sus miedos la asfixien y la maten las palabras.

En su bolsa hay también miedos verdaderos: el miedo a no saber quién es y el temor a saberlo; el miedo a su soledad y el temor a tener compañía; el miedo a las otras miradas y el temor a que la dejen de mirar; el miedo a soñar y el temor al vacio si deja morir sus sueños; el miedo a arriesgarse y el temor a dejarlo de intentar; el miedo a amar y el pánico a dejarse amar; el miedo a vivir y el terror a morir.


Cuando salen sus miedos de la bolsa, Laura no sabe que hacer y se agarra a sus miedos más absurdos para no enfrentarse a los miedos verdaderos..

miércoles, 6 de julio de 2011

TAL SOMOS, TAL VEMOS

Un campesino chino se fue a la ciudad a vender su cosecha de arroz. Su mujer le pidió que, sobre todo, no se olvidase de comprarle un peine.

Después de vender su arroz, el campesino se reunió con sus compañeros para celebrar en la ciudad sus buenas ventas y bebieron y charlaron largo rato. En el momento de regresar se acordó de forma confusa de que su mujer le había encargado algo.

No podía recordar qué era, así que entró en la primera tienda para mujeres que encontró y compró lo primero que le llamó la atención: un espejo

A su regreso, al pueblo le entregó el regalo a su mujer y se marchó a trabajar los campos. La mujer se miró en el espejo y comenzó a llorar desconsoladamente. Su suegra le preguntó la razón de aquellas lágrimas.

Mi marido ha traido a otra mujer de la ciudad. Es joven y hermosa contestó la mujer señalando el espejo.

La suegra cogió el espejo y lo miró. A continuación le dijo a su nuera: No tienes nada de que preocuparte, hija. Es una vieja...



Del libro "La vida viene a cuento"

domingo, 3 de julio de 2011

ESFUERZO Y PERSEVERANCIA

Al cabo de muchos años padeciendo dolores que nadie sabía explicarme de donde venían, me diagnosticaron "fibromialgia", me explicaron que es una enfermedad que no tiene cura ni tratamiento... que lo único que se podía hacer era tomar calmantes para aliviar el dolor.

Pensé que ya era algo... mis dolores tenían, tienen un nombre, y si podía aliviarlos, mi calidad de vida mejoraría.

Poco a poco el ibuprofeno se hizo imprescindible en mi vida... los dolores han ido aumentando. Se suele decir que no hay enfermedades que hay enfermos, y en cada uno la misma enfermedad se desarrolla de manera distinta, y también afectan nuestras circunstancias.

Durante más de un año he estado tomando 1 o 2 sobres de Espidifen al día, notaba algo de mejoría, pero a la larga esto es un arma de doble filo que provoca otras enfermedades o empeora las que ya tienes...

Un día apareció Chema en mi vida, me enseñó el spa y me habló de la Tecarterapia, algo según me contó que daba muy buenos resultados para los dolores, me habló del ejercicio físico que era fundamental en la fibromialgia.

Me animé con lo de la máquina, pero lo del ejercicio no me convenció mucho... pero bueno tenía que probar. La verdad es que mis hijos han sido los que me han convencido para seguir...

Me sometí a 2 sesiones de Tecarterapia, me descargó bastante la zona lumbar... después me daba un baño en la piscina de hidromasaje.

Cuando llegaba a casa, la misma cantinela: yo no vuelvo... vengo machacada y ahora me dice que haga gimnasia... ellos, mis hijos siempre siguen ahí ( bueno y también el padre de mis hijos) animandome a continuar.

Ahora se lo comento a Chema y nos reimos... me rompió todos los esquemas... a ver, cómo iba a hacer ejercicio si no me podía ni mover?

Ahora a la fibromialgia se ha unido otra enfermedad que ya tenía, pero que ha empeorado bastante con los antiinflamatorios... más pastillas, impotencia, vulnerabilidad unos días, fortaleza otros... pero hay que seguir.

Cada semana hago natación... en la piscina de hidromasaje, camino aunque mis piernas me pesen, y algunos días no pueda ni con mis sandalias...


Lo que quiero dejar claro en este post es que podemos hacer bastante por mejorar; no dejar que el desanimo nos pueda, no abandonarnos a las pastillas, y pensar que con eso ya está todo resuelto, porque a largo o corto plazo nos pasa factura.


La fibromialgia no es el final de la vida... aunque a veces lo parezca...